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EL CALAFATE
Los primeros pobladores: Los Indios Tehuelches

Los primeros pobladores fueron los indios Tehuelches

Los primeros pobladores fueron los indios tehuelches, vistos por Hernando de Magallanes. Para fines del siglo XIX eran aproximadamente 25.000 pero con la llegada de los Españoles, desgraciadamente ese número se redujo al 20% nada más, producto del extermino sistemático llevado adelante por los gobiernos de fines del siglo XIX, la población de indígenas de la Patagonia se redujo drásticamente. En el caso del pueblo tehuelche, hoy se reconocen grupos pequeños, pero en parajes mucho más al norte que El Calafate.

Los tehuelches eran hombres de gran porte, muy buena contextura física, solidarios y sin grandes ambiciones económicas. Creían en un dios supremo, Elal, creador del mundo animal del mismo hombre, pero por otro lado creían en espíritus antagonistas, como el Gualicho, al cual le ofrecían animales en sacrificio. Su organización social era patriarcal, el cacique era la autoridad máxima y era bigamo, a sus hijos le enseñaban a montar a caballo y el lanzamiento de flechas y boleadoras. Vivían de la caza de guanacos y choiques (avestruz), recolectaban frutas silvestres, además de hierbas, semillas y bayas con las que fabricaban harina para su consumo.

En la segunda mitad del siglo XVII incorporan el caballo a su forma de vida mejorandola notablemente. Su vestuario se compone de taparrabos y de una capa de cuero con dibujos y poncho,se calzan mocasines de cuero y botas de potro. Para adornarse se perforaban el tabique de la nariz y el labio inferior.

Su vivienda eran toldos construidos con palos, piedras y cueros de guanaco, a éste último lo extenDían en el suelo y lo utilizaban como lecho.


El que come Calafate siempre vuelve... Así cuenta la leyenda


Los bosques de ñires, lengas y coihues comienzan a tomar un tono característico, anunciando el otoño y dando a los árboles una gama multicolor, desde el rojo intenso pasando por los matices del dorado y anaranjado.

En este paisaje vivían los tehuelches, dueños originarios de la tierra. Al llegar el invierno comenzaban a emigrar a pie hacia el norte, donde el fRío no era tan intenso y la caza no faltaba.

En relación con Estas migraciones la tradición patagónica conserva una leyenda.

Se dice que cierta vez Koonex, la anciana curandera de una tribu de los tehuelches, no poDía caminar más; sus viejas y cansadas piernas estaban agotadas, pero la marcha no se poDía detener. Entonces Koonex comprendió la ley natural de cumplir con el destino.

Las mujeres de la tribu confeccionaron un toldo con pieles de guanaco y juntaron abundante leña y alimento para dejarle a la anciana curandera, dependiéndose de ella con el canto de la familia.

Koonek, de regreso a su casa, fijó sus cansados ojos a la distancia, hasta que la gente de su tribu, se perdió tras el filo de una meseta. Ella quedaba sola para morir. Todos los seres vivientes se alejaban. Comenzó a sentir el silencio como un sopor pesado y envolvente.

El cielo multicolor se fue extinguiendo lentamente. Pasaron muchos soles y muchas lunas, hasta la llegada de la primavera. Entonces nacieron los brotes, arribaron las golondrinas, los chorlos, los alegres chingolitos, las charlatanas cotorras....Volvía la vida. Sobre los cueros del toldo de Koonex, se posó una bandada de avecillas cantando alegremente.

De repente se escuchó la voz de la anciana curandera, que desde el interior del toldo, las reprenDía por haberla dejado sola durante el largo y riguroso invierno.

Un chingolito tras la sorpresa, le Respondió: "nos fuimos porque en otoño comienza a escasear el alimento, además durante el invierno no tenemos lugar en donde abrigarnos". "Los comprendo " - Respondió Koonex - Por eso a partir de hoy tendrán alimento en otoño y buen abrigo en invierno, ya nunca me quedaré sola."..... y luego la anciana calló.
Cuando una ráfaga, de pronto, volteó los cueros del toldo, en lugar de Koonex se hallaba un hermoso arbusto espinoso, de perfumadas flores amarillas. Al promediar el verano, las delicadas flores se hicieron frutos y antes del otoño comenzaron a madurar tomando un color azulmorado de exquisito sabor y alto valor alimentario.

Desde aquel Día algunas aves no emigraron y las que se habían marchado y se enteraron de la noticia, regresaron para probar el novedoso fruto del que quedaron prendados.
Los tehuelches también lo probaron, adoptándolo para siempre. Desparramaron las semillas en toda la región y, a partir de entonces, " EL QUE COME CALAFATE, SIEMPRE VUELVE ."